Jorge Navarrete

Jorge Navarrete

Abogado y columnista. Marido de una y padre de cuatro. Fanático de la U, adicto al grunge, la piscola y al Marlboro corriente. Mis bienes materiales más preciados son una moto, la citroneta, dos skates y un artilugio para volar. Como buen Libra, equilibrado por fuera y desequilibrado por dentro.

Joker

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No tengo los conocimientos, ni tampoco probablemente el oficio, para decir con propiedad si estamos en presencia de una película buena, regular o mala. Pero si la calidad de éstas se midiera por el impacto que generan, “Joker” sería una de las mejores películas que he visto en mi vida. Y, eso sí, he visto muchas a lo largo de mi mediana existencia.

¿Qué nos cautiva tanto de este Guasón moderno? Quizás es la tensión o contradicción entre la risa –usual símbolo de alegría, júbilo o esperanza- y las oscuras profundidades de ese ser dañado y atormentado que se esconde detrás; el que, enfrentándose a la invisibilidad y el menosprecio de la sociedad, deviene en un ser profundamente desafectado, cruel y libre.

Sí, libre. Esa libertad que poseen los que ya no tienen nada que perder, esa libertad de las personas que ya no pueden sentir miedo, esa libertad de aquellos que ya no los ata nada, y que –en ausencia de convenciones morales, seres queridos, sentidos o esperanzas- pueden hacer de su vida, y disponer de las de otros, sin ninguna otra limitación que la otorgada por los medios disponibles para organizar su venganza.

Dejando de lado a los clásicos –y con el perdón del gran Jack Nicholson- en mi modesta opinión hay tres actores que han dado ese tono que nos conmueve, al mismo tiempo que nos infunden tantas contradicciones. En una versión más estética, y pese a lo paupérrimo del guión de la película, Jared Leto protagonizó un personaje que estaba muy por sobre el bodrio que finalmente fue “Suicide Squad”. Pero después de haber visto a Heath Ledger en “Batman: el caballero de la noche”, confieso que nunca pensé ver otro Joker a su altura. Pero, y aquí está la gran clave de esta última entrega, lo de Joaquin Phoenix es simplemente de otro planeta.

Phoenix produce tanta repulsión como lástima, al punto que si quizás el único reproche que podría hacérsele al guión, tiene que ver con la insistente autocompasión que provoca esta nueva interpretación del villano de sonrisa fácil. Pero todos los detalles son una obra de arte, donde cada risa, mirada, gesto compasivo y violento, lágrima, sarcasmo, crueldad, indolencia o tristeza, vienen en el momento preciso y precioso, sin más aspavientos que el de una actuación sencillamente soberbia.

“Joker” termina siendo una víctima, con la que empatizamos en su drama pero ojalá no supiéramos nunca más de él; el que de manera simultánea nos provoca compasión y desprecio; al que le justificamos sus acciones, aunque sólo sea por una exclusiva y excluyente excepción; al que admiramos y odiamos; pero, y quizás lo más revelador, aquel en donde reconocemos algo de la condición humana, en otros y en nosotros, cuestión que simplemente nos aterra.

Esa apología de la violencia y su justificación por las condiciones sociales, lo que deriva en cierta inimputabilidad moral por quienes han sido simultáneamente victimas y victimarios, ha sido un tema largamente tratado en el cine. Y aunque se me vienen a la mente “Taxi Driver”, “Los Perros de la Calle”, “Asesinos por Naturaleza” o “América X”; la obra prima seguía siendo “La Naranja Mecánica”. Digo seguía, porque consiente de que “Joker” requiere reposo y distancia –lo mismo, por cierto, que los juicios de esta columna- no sería extraño que con el paso de los años la obra del director Todd Phillips pudiera alcanzar ese sitial.

Porque, insisto ¿qué nos cautiva tanto de este Guasón moderno? Nada más y nada menos que la constatación de que vivimos en una sociedad que a ratos parece enferma, compuesta por personas como nosotros que, también a ratos, podemos resultar o devenir en unos enfermos.

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