Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

La izquierda de la estridencia

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Con el humor propio del actor Groucho Marx, éste señalaba medio en broma, medio en serio, que la política “es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados.”

Más allá de la cita, y de la costumbre de hablar mal de la política como actividad que se practica en el mesón del bar de la esquina antes, y hoy en las redes sociales, la política no siempre ha sido aquello.

Sin embargo, hace ya un buen rato, y refiriéndome al sector político con el que uno se identifica, la izquierda, sufre de una manera de hacer política donde la estridencia, los gritos y las pataletas han dejado de lado, la ponderación, la mesura y el estudio.

Es cierto se trata de una generalización, y como toda generalización es injusta. Pero de un tiempo a estar parte –diría desde la creencia que la Primavera Árabe en 2011 y las protestas estudiantiles de aquél año venían a cambiar una realidad en la forma de hacer política- la izquierda ha caído en un visceral problema de definición sobre el camino que debe tomar y sobre la forma de explicar los problemas de la sociedad, tendiendo a reducirlos a pequeños grupos de interés o de presión y dejando de hablarle a la mayoría de los ciudadanos y sus problemas. Como si más de dos mil años de política pudiesen cambiar por la existencia de las redes y los smartphones.

En este sentido, la narrativa de la izquierda, en el mundo y en Chile, en particular, ha caído en una forma –que por el ingreso de nuevos liderazgos, y de otros que por mantenerse vigentes (han imitado esos liderazgos), donde la técnica se abandona y se desprecia, donde la moderación pasa a ser un pecado y donde importa más el framing del “bueno” y el “malo”, el drama y el enojo, para atender los grandes problemas sociales, pretendiendo archivarlos en un relato de 45 segundos para un noticiario y la respectiva frase pegajosa.

Alguien podrá decir, la derecha ha hecho lo mismo.

Le respondo: Sí, probablemente. Trump, Johnson, Bolsonaro e incluso el Presidente Piñera lo han hecho, y muchas veces con maestría, pero de ellos no espero lo que espero de la izquierda, y es la falta de estridencia, el abandono y la pereza intelectual con que se está abordando cualquier debate, reduciéndolo a una supuesta “unidad” que se construye para la utilización de pactos electorales (para ganar elecciones) o para derribar a una ministra.

¿Dónde quedó la izquierda razonable, moderada, aquella en la que muchos creemos como motor de cambio? ¿En qué momento esa izquierda que tanto bien le hizo a Chile en su historia republicana pasó a mirarse con vergüenza de misma, se retiró a los cuarteles de invierno y se escondió? ¿En qué momento se abandonaron las políticas públicas razonadas, los debates en torno a evidencia, para dar paso a la estridencia, el grito y la consigna? ¿En qué momentos figuras que hicieron de esa moderación su forma de actuar pasaron a ser sospechosos: Desde Pedro Aguirre Cerda a Ricardo Lagos, pasando por Patricio Aylwin o Gabriel Valdés?

En lo personal, como hombre de izquierdas –y siento que como muchos de mi generación- nos hemos cansado de una política que no entrega diagnósticos serios a problemas complejos e intenta solucionarlos acertadamente por medio del diálogo, el acuerdo y el entendimiento. Oponerse a la tensión del siento y actúo, de ese infantilismo de la izquierda por la consigna fácil, sin argumentos de fondo, sólidos, pensados y razonados pasa a ser una actividad casi noble, solitaria, mientras la barra utiliza los calificativos de “vendidos”, “amarillos”, “reyes de la cocina” y “tibios”.

Me gustaría que aquellos que acusan con el dedo miren como le ha ido a esa izquierda. La de Grecia con Syriza, la de Bepe Grillo con M5S, la de PODEMOS con Pablo Iglesias.

Yo prefiero a la izquierda útil, aquella que propone una forma de sociedad para solucionar los problemas y para resignificar los debates del futuro que son también los del pasado.

Digo lo anterior a partir de un par de episodios.

Sin duda el caso de la acusación constitucional contra la Ministra Cubillos ha sido el último de una serie de berrinches de una izquierda presa de grupos de presión que dejó de darle solución –o le dio pereza seguir debatiendo, pensando y solucionando de verdad los problemas de los chilenos- por la vía de soluciones no solo de corto de aliento, sino por medio de la técnica, el saber, presa de las redes sociales y el que dirán.

En ese sentido la actitud de la izquierda auspiciando una acusación constitucional cuya principal base radica en destituir e inhabilitar de sus derechos políticos a una ministra por defender sus ideas –que digamos, en la última presidencial se confirmaron como las “ideas” de una mayoría- resulta inaceptable y me revelo contra ella.

La izquierda en este país dio una lucha para que cada uno de sus ciudadanos pudiese pensar y defender sus ideas sin importar cuales estas fuesen, incluso las más descabelladas o las que me repugnan. Las de Cubillos me molestan, me irritan muchas veces, pero ello no me es suficiente para sacarla del tablero de juego porque no me gusta cómo piensa y actúa.

Esa pobreza argumentativa en la izquierda es inaceptable y es atentatoria contra su propia historia. Podemos esperarla de la derecha, pero no en la izquierda. En las últimas horas he escuchado argumentos tales como “ellos lo hicieron con Provoste”, y me pregunto ¿Y eso justifica que nosotros nos comportemos como ellos? No es precisamente eso lo que nos ha distinguido en la historia reciente de Chile.

Reconozco que la Ministra Cubillos ha conducido al Ministerio de Educación de una manera sobre ideologizada, que ha utilizado la tergiversación –para decirlo suavemente- como un arma en política, pero ha defendido sus ideas contra nuestras ideas y no hemos estado a la altura para responder con argumentos, sino que la izquierda ha intentado contestar desde los números.

Tengo los votos en el Congreso, cuento, siento (no razono) y actúo. Pensar es pereza, razonar una tontera, encantar y hacer de ello una estrategia una pérdida de tiempo, para eso están los votos.

Legítimo o no, de eso se trata la política y la democracia. Mientras la izquierda ha lanzado una andanadas de puyas donde acusa a una ministra de infringir la Constitución y la ley sin poder aportar al debate argumentos jurídicos de fondo para poder probar su punto (votos y conteo).

Lo peor de aquello es que lo hacemos desde la obviedad, desde la frivolidad (el peor de los males en la política) y perdemos, pero perdemos no porque no logramos la suma de votos (únicamente) sino porque perdemos en el campo donde la izquierda debe ganar y es en el tablero de las ideas.

Otro ejemplo ha sido la discusión del TPP11, donde senadores de la izquierda chilena han defendido la vocación multilateral de Chile, un país que ha tenido durante los últimos 30 años una necesidad de abrirse al mundo por necesidad y sentido de realidad.

Nuevamente la misma izquierda ha lanzado sus dardos intentando una narrativa que nuevamente me revelo a aceptar. Sin ningún estudio serio, sin ningún argumento jurídico o técnico de fondo han tratado de “traidores” a senadores que lo único que han hecho es defender esa vocación de política exterior abierta al mundo que tanto beneficio ha dado a Chile. Los argumentos, los mismos de la galería. En 45 segundos de televisión y para la cuña, los mismos diputados de un partido político de esa izquierda se niegan a recibir al ex canciller y a su pre candidato presidencial que negoció el acuerdo. No lo recibiremos porque no nos va convencer.

Hemos llegado al límite de siquiera sentarnos con quienes saben para al menos abrir la posibilidad de ser persuadidos de hacer lo contrario. Pereza intelectual se llama aquello. Mientras, inventamos o lo que es peor nos compramos el ruido de la galería. Qué las variedades vegetales originarias quedaran en manos de obtentores privados, falso e imposible. El TPP11 en esta materia no aporta en el conocimiento mucho más que lo que ya se aplica a nuestras exportaciones en tratados multilaterales en aplicación con Estados Unidos o la Unión Europea (UPOV91) al tratamiento de la propiedad intelectual, lo que incluso pone en entredicho los empleos que dependen de la agricultura chilena por solo señalar un punto de los argumentos escuchados.

Otro más insólito aún. Con el TPP11 “cedemos soberanía”. Sí, en boca de parlamentarios del sector. ¡Cómo se explica semejante aberración! Como se les demuestra que un tratado internacional en la materia que sea, esto es de derechos humanos, cooperación o comercial, es precisamente una cesión o transferencia de competencias y soberanía, desde la Paz de Westfalia, pasando por la Comunidad del Acero a la Unión Europea. Sencillamente, aberrante.

Así, suma y sigue. El pobre debate de las 40 horas –donde nadie sabe las consecuencias- o al menos nadie ha podido ir más allá de la consigna. ¿Será muy difícil investigar las consecuencias que tuvo una reforma laboral como ésta por ejemplo en Francia con la Ley Aubry de 35 horas en 1998 que pasó a ser una reliquia? ¿Alguien puede decir en el sector cuales son las consecuencias de esta reforma en la economía, o en aquello que debe importarnos; en el empleo y en los trabajadores en un país con baja sindicalización? Así podemos sumar ejemplos.

Mientras alguno lea esto dirá: “Amarillo” y le respondo no: Moderación, debate, diálogo, firmeza, inteligencia, estrategia, técnica. Los mejores momentos de la izquierda en Chile han sido esos. Mientras una izquierda acusará que hay olor a “cocina” ¿No sabrán que es precisamente en las cocinas donde se han logrado los acuerdos, en los fondos de las tabernas, en las puertas cerradas del poder la política de los últimos cinco siglos?

Con frivolidad, candidez y una cierta infantilización de lo que la política es, pretenden convertirla en una función de una nobleza de la que carece, confunden corrupción con acuerdos, dialogo con entreguismo, pierden el sentido tratando de dotar a la actividad del poder respecto de lo que no es: “Lo más parecido a la política”, como decía un político de esos cuya responsabilidad en los grandes temas ha desaparecido.

Lo anterior obliga a un sector de esa izquierda moderada a salir de su comodidad y enfrentar a esa otra izquierda que cree que se existe y luego se piensa, que desprecia la técnica y el saber, que siente y actúa porque eso es lo que la gente quiere.

Es una obligación volver a convencer y mirar a los chilenos, a los que algunos desde la derecha denominan “esa mayoría silenciosa” y darles una narrativa y una solución a los problemas que los aquejan, en seguridad, en pensiones, en empleo y salud. La oportunidad está pero no se puede seguir preso de grupos de presión que creen que la política es una actividad donde hay buenos y malos, blanco y negro, donde no se conversa, donde no se acuerda y donde no se cede, porque a ratos, parece que algunos desde el Congreso o desde sus posiciones, hacen religión y no política.

El desafío de esa izquierda moderada, en esta hora, es proponer a Chile alternativas, no para derrocar a una ministra, sino para desafiar los debates con argumentos de verdad, para ganar la batalla de las ideas y no de los sentidos.

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