Carolina Tohá

Carolina Tohá

Es actualmente consultora y profesora universitaria en materias de ciudad y políticas públicas. Ha sido alcaldesa de Santiago, ministra y diputada. Fue una activa dirigenta estudiantil y juvenil durante la lucha por la recuperación de la democracia. Es cientista política de la Università degli Studi di Milano y también estudió derecho en la Universidad de Chile.

Mirar hacia adelante o hacia atrás

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Cuando los dirigentes del Frente Amplio dicen que les hace más sentido converger con el PC que con la ex Concertación porque vienen de esa historia, están diciendo una verdad. Comunistas y frenteamplistas, incluso antes de que se formara este último referente, han coincidido muchas veces en el pasado, con excepción del segundo gobierno de la presidenta Bachelet en que el PC fue parte de la coalición gobernante y las fuerzas que luego conformaron el Frente Amplio oscilaron entre la “colaboración crítica” y la abierta oposición. Salvo ese paréntesis de 4 años, ambos sectores han tendido a estar al mismo lado y la alianza que hoy están estableciendo replica esa trayectoria. Ello, lejos de un mérito es un problema porque se está apostando por darle continuidad a un esquema del pasado en lugar de darle paso una composición para lo que está por venir. Eso que viene es ni más ni menos que el proceso constituyente y la posibilidad de conformar una mayoría suficiente para impulsar cambios democráticos y progresistas en ese contexto.  

Lo que ha unido a comunistas y frenteamplistas ha sido su común oposición no sólo a la derecha sino especialmente a la ex Concertación. Siempre han sido muy críticos, han dado poco espacio a matices y han construido su discurso público sosteniendo que la principal explicación de los problemas de la sociedad chilena está en las debilidades de ese antiguo conglomerado. Subyacen a esa postura varios supuestos: el primero es que la desigualdad y el abuso son problemas de los últimos 30 años. El segundo es que la falta de cambios profundos se debió principalmente a la captura neoliberal de quienes gobernaron desde la centroizquierda. El tercero es que si ellos hubieran estado en el gobierno todo hubiera sido mejor. Con esos pilares ha sido posible construir un relato opositor efectivo para diferenciarse de los ex concertacionistas e intentar disputar con éstos el espacio electoral. Y la verdad es que ese camino dio sus frutos y logró empalmar en cierto punto con una sociedad cansada y decepcionada con la perpetuación de las dinámicas políticas de la transición. La última versión de este discurso es la reciente declaración de Chile Digno que propone una “diferenciación nítida con quienes administraron el modelo neoliberal y lo perfeccionaron durante 47 años”, es decir, con el conjunto de fuerzas cuyos líderes abarcan desde Pinochet a Michelle Bachelet, todos metidos dentro de un mismo saco.    

Este relato se ha perpetuado y no ha tenido respuesta desde los partidos de centroizquierda aludidos. En lugar de dar cuenta de las decisiones tomadas se ha preferido desentenderse de ellas. Se ha dejado pasar la crítica demoledora y moralizante sin rebatirla, sin enfatizar el valor de lo logrado, sin dar razones por las opciones que se tomaron y sin asumir una autocrítica con sentido histórico y responsabilidad política, que es necesaria porque errores hubo, debilidades también, y se deben reconocer. No todo se explica por la obstrucción de la derecha. Seguir eludiendo ese ejercicio es un problema para hablar del futuro, no sólo un impedimento para referirse al pasado. 

Como resultado, tenemos a los dos bloques de la oposición girando en torno a versiones de la historia reciente que son poco consistentes, poco sinceras y, lo que es más grave, inútiles para entender lo que nos pasa como sociedad. Con las consignas de que “todo es culpa de los 30 años” por un lado, y la excusa de “todo es culpa de la derecha que nos vetaba” por el otro, no construiremos un proyecto sólido, enraizado en verdaderamente nuestra historia, con sus luces y sus sombras. Cada sector tendrá un escudo para defenderse de las interrogantes que plantea esta compleja sociedad, una muletilla con la que salir del paso, pero faltas de toda honestidad intelectual. A la larga eso se paga, tiene pies de barro y termina cayendo por su propio peso. 

Presentar una lista única a la Convención Constitucional es la mejor forma de asegurar una mayoría progresista, e implica renunciar a la medición de los partidos y priorizar candidaturas que combinen la representatividad de la diversidad social, la preparación para el cargo y la elegibilidad, sumando militantes e independientes sin otra distinción que esos méritos. Por ahora esa posibilidad se aleja. La oposición política se encamina a ir en dos listas o más y los independientes cercanos al sector tendrán listas adicionales. Todo lo que se haga para reducir esa dispersión debe intentarse porque de ello depende no entregarle una ventaja al sector más conservador que está avanzando a paso firme hacia una lista común con todos sus partidos e independientes. 

Al mismo tiempo, sin embargo, es necesario prepararse para un escenario en que habrá competencia entre las distintas fuerzas que componen el amplio campo opositor. El polo que se está formando entre el Frente Amplio y el PC ya ha mostrado sus cartas. Seguirán girando en torno al discurso en el que han convergido durante todos estos años, un mensaje en que se sienten cómodos y cercanos: responsabilizar a los sectores de centro izquierda que han gobernado como los causantes de los dolores de nuestra sociedad. ¿Cuál será el planteamiento del otro bloque, ese que parece estarse articulando en torno a Unidad Constituyente, independientes y los sectores que se han desprendido del Frente Amplio? Quizás esta sea la oportunidad de mostrar un esfuerzo político pensado para los tiempos que vienen y no para los que quedaron atrás. Que busque nuevas convergencias y no se conforme con las conocidas. Y que intente genuinamente conectar con la sociedad. Un requisito ineludible  para esa conexión y para recomponer confianzas es dejar de esquivar los cuestionamientos al pasado reciente y responderlos con un relato honesto, que enfrente los discursos oportunistas y demagógicos que han prevalecido en todo este tiempo. La autocrítica es una condición ineludible para ello y la reivindicación de lo logrado también. 

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