Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

Prats

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“La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene.” (Jorge Luis Borges)

¿Qué siente un hombre que sabe que una muerte violenta lo acecha y lo persigue como una sombra macabra?

¿Qué sensaciones siente al saber que lo vigilan desde las sombras, desde la oscuridad esperando el momento? ¿Cuánta angustia tiene cuando mira el laberinto que se cierne para no darle salida?

Es 30 de septiembre. No hay momento en que, año tras año, llegue esa fecha y no recuerde al General Carlos Prats González, asesinado en el Barrio de Palermo en Buenos Aires, un día como este de 1974.

No hay año que no deje de imaginarlo con esas interrogantes en la mente. No hay año en que no imagine esos días solitarios. Insisto, de imaginarlos, convertirlos en fotografías de un momento, de intentar revivirlos, de recordar.

En tiempos en que la caballerosidad, el honor y la lealtad son valores que parecieran abandonados a su suerte, Prats es un ejemplo de los tres, sumo a lo anterior, su evidente amor por Chile, al que sirvió haciendo lo que un soldado debe hacer, cumpliendo la Constitución y la ley, y poniéndose a disposición del poder civil de manera profesional, dando lo mejor de sí en tiempos imposibles.

Prats no fue un soldado común. Primero de su generación, condecorado como tal, por el entonces Presidente Arturo Alessandri a los 16 años. Culto, intelectualmente inquieto, cursó estudios de magíster en Ciencia Política con mención en Relaciones Internacionales en la Universidad Católica, y luego se doctoró en Ciencia Política y Sociología en la Universidad Complutense de Madrid. Acumuló libros, estudios, y lecturas de todo tipo. Fue feliz, se lo dijo a sus hijas una vez, feliz de ser chileno, de haber nacido en esta tierra.

Fue un militar que se juramentó, junto a su amigo, el General Schneider en defender la sujeción civil del Ejército, pues comprendía, que éste tiene la soberanía de las armas entregadas por el pueblo para su defensa y no para ser atacado por el mismo. Ambos murieron por defender dicha promesa, ambos lo hicieron hasta el final, incomprendidos, vilipendiados, maltratados por los estridentes de siempre, por aquéllos que solo creen en fanatismos, en blancos y negros. Prats debiese ser el modelo a seguir y enseñar en cada Escuela Militar, en cada curso y su nombre debiese llevar el honor que se merece en la historia de Chile.

Pero vuelvo a Prats en Buenos Aires. 1974.

Lo imagino escribiendo de noche, mientras vive humildemente con Sofía, su compañera de toda la vida. Ahí en una noche intranquila y mientras apura las letras con desesperación para completar sus memorias, siente un auto, una puerta, un chirrido.  El ruido en mitad de una noche tranquila donde en su cabeza lo persiguen fantasmas. ¿Habrá llegado la hora?, mientras otea a través de las cortinas mirando hacia el farol de la calle, en medio de la bruma húmeda y fría de Buenos Aires en invierno. Sabe que la muerte le ronda, que le acecha, no sabe quiénes (o quizás lo sabe bien) están ahí, en la sombra, esperándolo, a punto de recibir la orden. Prats vuelve a su escritorio, frente a la máquina de escribir y sus papeles marcados con la tinta de sus correcciones, escribe, se atropella por terminar ese libro, su Testimonio de Un Soldado, su explicación, su testamento político que guardará en un Banco y que sus hijas María Angélica, Sofía y Cecilia rescatarán en 1985 para ser publicadas por Pehuén.  Sabe que sus líneas filosas apuntarán directo a los traidores, a los que hace nada le rendían honores, le adulaban. A uno en particular, su ayudante, su segundo, un hombre pequeño, aparentemente anodino, simple (en el sentido profundo de la palabra) de escasas luces, última antigüedad de su generación, que a diferencia de él ha llevado una carrera llena de frustraciones, solapada, escondida. Un  rastrero dispuesto a todo, pero él jamás imaginó que a tanto. Las noches pasan en vela, Sofía duerme y él no quiere preocuparla, pese a que todo lo percibe.

Sus días transcurren en una empresa, donde el otrora ministro del Interior y Vicepresidente de Chile, funciona en un cubículo compartido con otros en Cincotta, una empresa de repuestos automovilísticos, donde oficia de relacionador público, entre motores, aceite y tuercas, ganando un sueldo que le permite vivir, no sin aprietos, pero con su dignidad de soldado austero, mientras puede fumar su acostumbrado cigarro mirando a lo lejos la calle. Recuerda sus tiempos al mando de la Nación, su amistad con el Presidente, sus conversaciones profundas, la amistad y confianza, nacidas al calor de la tensión de días interminables, de noticias aciagas. Revisa una y otra vez sus fallas, sabe de sus crisis nerviosas, de sus problemas de salud cuando ejercía el cargo, recuerda, recuerda, revisa obsesivamente ¿Qué pudo hacer mejor? Es la pregunta que lo incomoda, que lo atormenta.  

Sabe que lo suyo fue una carrera contra el tiempo de la incomprensión. Sabe que muchos no lo perdonaron, ni lo harán, recuerda la tarde triste, en que viajando en su auto, Alejandrina Cox, en un incidente –del que jamás habló, hasta su muerte el año pasado- lo insulta y lo persigue con un hombre desde otro automóvil por la Costanera. Preso de la presión, de la tensión, del miedo, recuerda como un rayo la imagen de su amigo y antecesor asesinado por Patria y Libertad. Ve las imágenes de un soldado tirado en un charco de sangre, en un auto detenido en Martín de Zamora y Américo Vespucio sólo años antes. A los minutos, desenfunda, se baja, y de la nada aparecen personas, fotógrafos como coordinados por esa misma mano invisible que sabe hoy se esconde y estuvo siempre detrás de todo. Recuerda el miedo del momento, la incomprensión, la impotencia, su carrera a La Moneda para entregar su renuncia al Presidente por el incidente, sus disculpas, su retiro.

En el estrecho cubículo rodeado de otros operarios, sabe que se le acaba el tiempo. Se acuerda de la montaña, de Los Andes, del frío, de Santiago, de su Talcahuano natal, por cierto, de sus hijas a las que adora, ahora tan lejanos. Sabe que no volverá, intuye que al menos no vivo. Sabe que la sombra está ahí.

Lo suyo es una carrera contra el tiempo que se estrecha. Pide su pasaporte y el de Sofía. Cada cierto tiempo, lo imagino, como lo hago en todo este relato, con la frente altiva presentándose en el consulado de Chile, la legación diplomática de la dictadura chilena, mira a los traidores en sus murallas sonrientes, luciendo bandas y oropeles que no merecen, que nunca merecerán, los conoce, sabe de la ramplonería de sus acciones macabras. Lo hacen esperar, intentan humillarlo con pequeños gestos entre palabras diplomáticas de algún funcionario fruncido, de pañuelo, anteojos de marcos y gomina en la cabeza, pero el mantiene su mirada de soldado orgulloso, se sabe no derrotado. Sabe que llegar a Madrid, donde pretendía hacerlo es un cerco cada día más difícil de vencer, que lo retienen burocráticamente para vigilarlo.

Muchos llegan a Buenos Aires y se lo advierten. Lo sabe, se incomoda. Uno de ellos, un joven Ricardo Lagos, entonces, ex secretario general de la Universidad de Chile, lo va a ver, lo ubica en su oficina, Prats lo toma del brazo, lo lleva lejos de los cubículos para escuchar lo que sabe le contarán, sin oídos cercanos. Lo amenazan, están ahí, esperando. Sabe quiénes son, los conoce.

Por lo mismo, sus noches son un espacio de dolor, de tensión, de frenético apuro por describir lo que ocurrió, escribe, ensaya, borra, vuelve a escribir, acumula hojas, tarja recuerdos, mejora perfiles, con una carpeta abierta, llena de recortes de los diarios de la oposición, con todas y cada una de las calumnias que escribieron de su persona, con ello abrirá sus memorias. Se preocupa de desmentir, quiere contar su verdad y siente ruidos, voces, la tensión –lo imagino- lo persigue, lo llena de angustia de terminar antes que algo suceda. Cierra, posando el cigarro en un cenicero: “El destino me colocó, inexorablemente, en el trance histórico de participar en acontecimientos trascendentales de los últimos años de la vida nacional. Al final la presión de los extremos fue más fuerte”. En su cabeza resuena por un instante la última frase. Sabe que la tarea ha concluido.

Esa noche del 30, pocos días después de escribir esas líneas, Pancha Llona y Ramón Huidobro, los padres de nuestra Isabel Allende, lo invitan a comer. Son los pocos amigos que tienen y que no lo miran con sospecha, que no se alejan por conveniencia, por olvidos de última hora. Huidobro le ha pedido a Prats una foto dedicada que conserva en su escritorio. En el luce el altivo soldado de guerrera, sentado en la silla de O´Higgins ejerciendo la Vicepresidencia en 1972, con la banda presidencial terciada, mientras el Presidente viajaba Moscú. Está dedicada a su amigo.

Esa noche al salir se funden en un abrazo. Sabe que puede ser último.

Desciende en el ascensor. Lo imagino tomando la mano de Sofía después de cerrar la reja del aparato, apretar el botón.

Tiene una corazonada, pero ha tenido tantas. Al sentarse en el viejo auto, mira a Sofía su compañera de toda la vida, a la que conoció siendo una joven en Iquique, de la que se enamoró y sigue enamorado.

Enciende con las llaves y todo se ilumina en un estruendo, alcanza por un segundo a darse cuenta que llegó el momento…

Fotografía: Del fotógrafo chileno, Luis Poirot.

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