Carolina Tohá

Carolina Tohá

Es actualmente consultora y profesora universitaria en materias de ciudad y políticas públicas. Ha sido alcaldesa de Santiago, ministra y diputada. Fue una activa dirigenta estudiantil y juvenil durante la lucha por la recuperación de la democracia. Es cientista política de la Università degli Studi di Milano y también estudió derecho en la Universidad de Chile.

Quédate en casa, pero…

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A primera vista, la crisis del coronavirus nos va a sacar, al menos por un rato, de los debates del estallido social y el proceso constituyente. En sólo dos semanas nuestra agenda ha cambiado radicalmente y hoy sólo hablamos del virus, sus estragos, las medidas para combatirlo y las proyecciones futuras de la pandemia. Economistas han salido a advertir que esta emergencia va a obligar a postergar algunas iniciativas de la agenda social porque los recursos deben concentrarse en las medidas sanitarias que permitan salvar vidas y en las medidas económicas que contengan el impacto social de la crisis. El acuerdo para postergar el plebiscito se alcanzó en pocos días y no hubo ningún sector que se resistiera. Así las cosas, parece obvio que la agenda del estallido social quedó en segundo plano y que sólo se reactivará en varios meses más cuando esto pase. No faltarán los que estén aliviados e incluso esperanzados por este cambio de agenda, y otros que estén pensando en cómo mantener las banderas arriba, contra viento y marea.

La realidad, sin embargo, es que el cambio de los temas de la contingencia ha dejado en evidencia en pocos días cómo los conflictos que están a la base del estallido social se cuelan también en esta coyuntura, y ponen a prueba la medida en que nuestra sociedad ha cambiado realmente después de todo lo vivido en los últimos meses. En Chile hay en curso un cambio en el mapa del poder que está pujando por salir a la luz, hay un rebarajamiento de las prioridades y una modificación en las fronteras de lo que consideramos posible. Esos cambios, sin embargo, todavía no se han traducido en una nueva institucionalidad ni han logrado consolidarse en un pacto social que los refleje. Por eso, la crisis del coronavirus va a ser una prueba tan grande para todos, y especialmente para quienes están en posición de tomar las principales decisiones. Las primeras muestras de ello ya están a la vista.

Esta pandemia golpeará a todos traspasando las fronteras sociales y económicas, pero, tal como dijo en estos días Judith Butler, las desigualdades se asegurarán de que el virus discrimine. De no mediar una acción muy explícita para contrarrestarlas, las desigualdades harán que la situación que es de suyo difícil para todos, se vuelva imposible para los que están en desventaja. Basta pensar en lo que significa trasladarse para los que se mueven en transporte público; lo que implica el “quedarse en casa” para los que viven al día en empleos informales o autoempleo; lo que acarrea para las mujeres el cuidado de los niños y niñas sin clases, o la atención de los enfermos, o la convivencia en confinamiento con los potenciales victimarios de la violencia de género. Enfrentar semanas encerrados en una vivienda de 38 metros cuadrados o imaginar un colapso de los servicios sanitarios para quienes se atienden en el sistema público es demasiado diferente a lo que viven las familias que tienen una situación más acomodada. La sociedad chilena se ha vuelto demasiado consciente de esas diferencias y su tolerancia a ellas está a la baja. Todos sabemos que no será el coronavirus el que vendrá a solucionar esa herencia que no tiene 30 años, como se ha dicho reiteradamente, sino los mismos 200 que tiene la patria. Y muchos más si nos remontamos al periodo colonial. Sin embargo, el esfuerzo que sí podemos hacer es que este virus no ahonde aún más esas brechas, y que las medidas que adoptemos reconozcan esas diferencias y busquen compensarlas al menos en parte. Por ejemplo, el paquete de medidas económicas anunciado por el Ministro Briones, pese a las valiosas iniciativas que tenía, no contemplaba el problema de los trabajadores por cuenta propia e informales salvo de manera muy limitada con un bono de 50,000 pesos por cada carga familiar. Y ya ni hablar sobre el cambio de horario en el transporte público y los platos rotos que están pagando sus usuarios. En casos como esos es que necesitamos un cambio de enfoque, en que las situaciones más adversas sean las que ordenen nuestro abordaje de los problemas, y no queden al final de la lista para ser atendidas con los retazos que dejan el resto de las medidas.

Por otro lado, el mundo político ha enfrentado el gran desafío de dar conducción y lograr acuerdos cuando en ello se juegan vidas, a pesar del contexto de desconfianza y baja legitimidad en que estamos. Aquí también se juegan los aprendizajes del último tiempo. En estas pocas semanas que llevamos abordando la crisis del coronavirus hemos visto a la política oscilar en el borde de un abismo. A ratos parece imponerse el sentido de responsabilidad, la capacidad de escucha y diálogo, el apego a la evidencia científica, la generosidad y la colaboración. A ratos se imponen las declaraciones destempladas de la autoridad o los errores inexplicables y cada sector parece solazarse en comentar las caídas del contrario en lugar de intentar enderezar el rumbo del conjunto. Si la buena política era una necesidad durante el estallido social, ante la pandemia es un medio de sobrevivencia. Pero buena política, lo sabemos, no significa hoy lo mismo que antes. Estamos navegando sin mapa, y cualquiera que pretenda encauzar esta crisis con una verdad revelada o una receta incuestionable, se estrellará contra una realidad más caprichosa que todos los pronósticos. La ciencia tiene mucho que decir en esta crisis, pero tampoco tiene una respuesta definitiva, al menos por el momento, y si la tuviera, ésta no podría funcionar sin lograr un entendimiento y una adhesión desde la sociedad al camino que se le propone. Ese pegamento se hace con política. Una política que sintetice diversos saberes y no se limite a bajar la línea después de ponerse de acuerdo consigo misma. Basada en la evidencia científica, conectada con diversos actores sociales, con los territorios, los municipios, con la perspectiva de género, en fin, una política que intente ser de verdad representativa.

En los momentos más álgidos del estallido social circuló la idea de que, sin violencia, ningún cambio de fondo sería posible. La historia nos muestra que eso es verdad sólo en apariencia, porque cada vez que los cambios sociales se conquistan por la fuerza, traen de contrabando la opresión de los que no la tienen y la repetición de las dinámicas de abuso y aprovechamiento que se suponía buscaban superar. Lo que sí es verdad, en vez, es que los cambios sólo se producen con dolor y con miedo. Y de eso estamos teniendo bastante. Nuestro mundo no será el mismo después de esta pandemia, y Chile tampoco será igual después del estallido social. Cambiará. En qué dirección lo haga dependerá de la forma en que desentrañemos estos extraordinarios tiempos que estamos viviendo, cómo los enfrentemos, qué pongamos por delante, qué aprendamos y qué dejemos atrás. Aquí hemos hablado de los desafíos de la desigualdad y de la política, pero hay una infinidad de otros ámbitos donde estamos experimentando cambios gigantescos. Nunca como ahora habíamos sentido de forma tan elocuente que somos parte de la especie humana, que dependemos totalmente unos de otros y que nuestra sobrevivencia es inseparable del ciclo de la naturaleza.  Nuestras perspectivas de la intimidad familiar, del valor del tiempo, de la organización del trabajo están siendo apaleadas en sus convenciones. Y nuestras instituciones están ad portas de ser repensadas, cuando retomemos el itinerario constituyente y la discusión del pacto social. Son tiempos de transformación y más vale que estemos bien despiertos al rumbo que toman, entendiendo que en cada decisión de estos días estamos defiendo la sobrevivencia de nuestros congéneres, pero también el mundo en el que vivirán. Así que el lema de estos días no sólo debe ser “quédate en casa”, sino también “pero mira más allá”.

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