Carolina Tohá

Carolina Tohá

Es actualmente consultora y profesora universitaria en materias de ciudad y políticas públicas. Ha sido alcaldesa de Santiago, ministra y diputada. Fue una activa dirigenta estudiantil y juvenil durante la lucha por la recuperación de la democracia. Es cientista política de la Università degli Studi di Milano y también estudió derecho en la Universidad de Chile.

¿Todos contra la DC?

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Han surgido múltiples cuestionamientos a propósito de la voluntad manifestada por las directivas de los partidos por la Democracia y Socialista de converger en una candidatura presidencial común antes de enfrentar la primaria legal de la oposición. Esta alternativa supone la organización de una primaria convencional a realizarse con posteridad a las elecciones de abril, y busca convocar no sólo a los mencionados partidos sino también a otros que son cercanos a las ideas del socialismo democrático o la izquierda socialdemócrata tales como el Partido Radical, el PRO o el referente Nuevo Trato. También podrían ser parte de esta iniciativa fuerzas como Revolución Democrática u otros actores del Frente Amplio, pero hoy parece lejana esa idea dada la prioridad que esos sectores le han dado a la creación de un polo de izquierda junto al PC. 

Se ha repetido muchas veces que este intento de agruparse bajo una misma candidatura de parte del socialismo democrático tiene por objetivo juntar fuerzas para derrotar a la DC en la primaria opositora de Unidad Constituyente. Es innegable que unir fuerzas produce una ventaja competitiva para la candidatura que emerge de esa convergencia, sin embargo, el fundamento más relevante de esta iniciativa va mucho más allá de eso. 

Ese sector que hemos llamado socialismo democrático o izquierda socialdemócrata lleva un largo tiempo disperso y desdibujado. Desde hace 15 años aproximadamente se instalaron en su interior dinámicas de fragmentación que afectaron a sus partidos y se tradujeron en el desprendimiento de varios grupos de militantes, algunos para fundar nuevos referentes. Basta recordar los casos de Alejando Navarro y el MAS, Fernando Flores y Chile Primero, Jorge Arrate y su candidatura por el PC, Fernando Atria y Fuerza Común, Marcelo Díaz y Unir. Otros se han retirado para irse a la casa, incluyendo ex presidentes partidarios, fundadores y fundadoras, dirigentes sociales, ex ministros y ministras además de miles de militantes de base que no reficharon cuando se realizó el proceso de actualización de padrones. Paralelamente, han aparecido fuerzas nuevas encabezadas por dirigentes de generaciones más jóvenes inscritas bajo esta amplia familia ideológica, cada una con sus énfasis y estilos y todas contribuyendo a una mayor dispersión del sector.

El resultado es una fragmentación de tal magnitud que resulta casi imposible para una persona común fijar los contornos de ese espacio político e identificar sus puntos en común. Existen diferencias importantes entre sus distintas expresiones, pero no son mayores a las que se producen al interior de los grandes partidos de esta misma tendencia en cualquier parte del mundo, como el Partido Laborista británico, el PSOE español, el Partido Socialista portugués, el Frente Amplio uruguayo, el PT brasilero o la Socialdemocracia sueca. Lo particular en el caso chileno es que esas diferencias han dado lugar a fracturas y disputas que han puesto en segundo plano, hasta hacer desaparecer, los elementos más profundos que todo este sector comparte: la aspiración a una sociedad que supere las desigualdades y toda forma de opresión, fortaleciendo los lazos de solidaridad y responsabilidad mutua y asegurando amplias libertades a las personas, bajo el compromiso con el sistema y los valores democráticos así como con los derechos humanos. Así también caracterizan a este sector la convicción de que el mercado puede ser un importante motor de creación de riqueza e innovación, siempre y cuando no inunde como lógica dominante todas las esferas de la vida social, especialmente en ámbitos como los derechos sociales, el equilibrio con la naturaleza, la regulación de los bienes comunes y la organización de las ciudades, las relaciones sociales y el mundo laboral, materias en las que el Estado tiene un papel imprescindible que cumplir.

La dispersión que se ha provocado no es casual. Este sector ha ido perdiendo capacidad de cohesionar porque no ha puesto al día su propuesta política. La participación de fuerzas de este sector en los cinco gobiernos de centroizquierda que Chile ha tenido desde el 90 a la fecha es un tema de discordia. Las diversas lecturas y evaluaciones sobre esas experiencias, y la ausencia de un debate razonado y con fundamentos, ha dado lugar a interpretaciones contrapuestas, polares se podría decir, que oscilan entre la exaltación y el desprecio. Difícil transmitir algún liderazgo o convocatoria si no se es capaz de tener un relato mínimamente coherente sobre sí mismo, que articule en la medida justa valorización y autocrítica. 

La convergencia en una propuesta presidencial, por lo tanto, no se limita a un ejercicio de sumar votos entre orgánicas y candidaturas. Su sentido debe apuntar a reconstruir un espacio político, un proyecto y una reflexión colectiva. Competir dentro del sector ayudará a eso, porque activará los debates que faltan, obligará a levantar distintas propuestas y reagrupará a esas fuerzas que no han hecho más que dispersarse en los últimos años.

El reclamo de la Democracia Cristiana respecto a que una candidatura única de este sector sería una actitud hostil hacia ellos es absurda. No puede pedírsele a un aliado que se mantenga fragmentado y débil como requisito para mantener esa asociación. Al contrario, las alianzas políticas se deben fundamentar en la mayor fortaleza posible de las partes que las componen. Y el socialismo democrático o izquierda socialdemócrata podrá tener un entendimiento de larga data con la DC, pero es una fuerza distinta, con raíces y orientaciones diferenciadas. Además, en el contexto actual de Chile parece evidente que el desdibujamiento del socialismo democrático o izquierda socialdemócrata ha contribuido a dividir al conjunto de la centroizquierda y ha empujado hacia la polarización a ciertos sectores. Al contrario, el fortalecimiento de ese bloque jugaría un papel de fuerza centrípeta dentro del amplio campo de las fuerzas progresistas, haciendo posible la formación de mayorías sociales y políticas que son indispensables para sacar adelante las reformas que el país requiere y para lograr los entendimientos transversales que necesita la redacción de la nueva Constitución. 

A pesar de lo anterior, hay algo en que no pueden perderse los sectores de la izquierda socialdemócrata o socialismo democrático: su unidad electoral y sus acercamientos orgánicos no bastan para cambiar al cuadro actual. Se necesita un despliegue de ideas que dialogue con la sociedad actual, la interprete y la incluya, un proyecto que ofrezca esperanzas y entregue certezas. No servirá cualquier propuesta. 

El proyecto de raíces socialdemócratas puede ser uno de los más presentables entre los que conocemos, mal que mal, ha sido de la mano de esas ideas que han llegado a ser lo que son algunos de los países que consideramos más justos, democráticos, y prósperos del mundo. Ello, sin embargo, puede ser un puro espejismo. Esos proyectos han perdido fuerza y credibilidad para encarar los dilemas actuales, y muchas de sus recetas, que tuvieron grandes glorias en el pasado, hoy flaquean ante el panorama actual del mundo del trabajo, la economía global, el cambio climático, las transformaciones tecnológicas y las nuevas expresiones sociales y culturales de nuestra época. 

Los grandes valores que inspiran este sector necesitan traducirse en proyectos e ideas renovados, siguen siendo válidos pero la forma de llevarlos a la realidad necesita de una completa reelaboración. Lo primero es recuperar foco y poner al centro la respuesta a los dolores de las chilenas y chilenos, el enfrentamiento de las tantas injusticias que persisten y de las desigualdades que nos siguen marcando, pero hacerlo recuperando la convicción profunda que caracteriza al progresismo: su confianza en que podemos transformar la sociedad para hacer posible un mejor futuro. Como mínimo es necesario plantearse seriamente las interrogantes propias de nuestra época: ¿qué se hace ante un capitalismo radicalizado que se impone en el mundo? ¿cómo se consiguen cambios sociales cuando el sujeto sindical, principal agente de transformación en las concepciones tradicionales, ya no tiene la fortaleza de antaño? ¿cómo se construye una sociedad con derechos y protección social cuando las personas reclaman su autonomía y no quieren tutelajes de ningún tipo? ¿cómo reafirmar el sentido de cohesión cuando predomina la tendencia a diferenciarse y a reafirmar la identidad propia y de pequeños grupos? ¿cómo se organiza el mundo del trabajo ante los cambios tecnológicos, la robotización y la aparición de nuevas formas de empleo como los delivery y las industrias colaborativas? ¿cómo hacer realidad la promesa de un proyecto feminista cuando las prácticas sociales y culturales del propio mundo político la contradicen cotidianamente? ¿cómo acoger la pluralidad de la sociedad chilena, con toda su diversidad, mientras al mismo tiempo se construyen mayorías? ¿cómo dar una respuesta que no sea indolente ni populista a los temores que cunden en la sociedad ante la migración, la pérdida de las costumbres familiares y el derrumbe de los modelos tradicionales de autoridad? ¿cómo recuperar la vitalidad y confianza de las instituciones democráticas? ¿cómo ofrecer una alternativa al neoliberalismo y enfrentar la emergencia climática sin caer en las recetas añejas y rudimentarias que se ofrecen desde el polo de izquierda? ¿de qué forma acoger el descontento ciudadano expresado en el estallido social cuando se ha gobernado el país durante 24 de los últimos 31 años?  

Este esfuerzo no se puede hacer en el vacío, porque el momento que estamos viviendo es particular y exige no perder de vista lo fundamental. La tarea del momento para el socialismo democrático o izquierda socialdemócrata es poner todo su esfuerzo de articulación al servicio del proceso constituyente. Darle excesivo protagonismo a la contienda presidencial en esta etapa es inoportuno y revela una falta de sintonía con el momento que vive el país. Las candidaturas presidenciales levantadas en este tiempo serán útiles si contribuyen a lograr un proceso constitucional cargado de debates relevantes y abierto a la participación de la sociedad. De lo contrario se convertirán en un estorbo. 

Los últimos dos gobiernos progresistas han concluido con triunfos de la derecha. Eso no debiera llamar a sorpresa en un sistema democrático donde la alternancia en el poder es algo natural. Lo que no es natural, sin embargo, es el nivel de deterioro y dispersión política que han acompañado esas derrotas. El sector socialista democrático o de izquierda socialdemócrata no ha hecho más que desdibujarse y perder fuerza en cada uno de estos trances. La solución cada vez ha sido aferrarse a las tareas electorales, centrarse en las potenciales figuras presidenciales y poner todas las fichas a la posibilidad de recuperar el poder de la mano de sus triunfos. Esa fórmula no puede repetirse esta vez. La historia ha sido demasiado categórica en mostrar que las candidaturas pasan y las fuerzas políticas quedan. Si no se apuesta a la fortaleza de las segundas, los proyectos políticos se transforman en un simple casting de personalidades más o menos atractivas. Esta vez no repetiremos el mismo error. Al menos hay un contingente importante de personas y colectivos de este amplio sector que hemos decidido no dejar que se impongan cálculos cortoplacistas ni proyectos centrados sólo en personas, por valiosas y promisorias que sean sus propuestas. 

Hay una articulación bastante madura entre sectores del Partido Socialista, el PPD y Nuevo Trato que está apostando decididamente en esa dirección. Se busca que la convergencia hacia una candidatura común sea el germen para la formación de un espacio político robusto, vitalizado y dispuesto a construir un real proyecto transformador para el país. Para otros grupos cuya adhesión a esta idea obedece exclusivamente a un cálculo electoral, siempre está a la vuelta de la esquina la posibilidad de cambiar de opinión con la expectativa de maximizar el perfilamiento propio, los términos de negociación o su participación en la distribución del potencial futuro poder. En un dos por tres puede descartarse el camino de reconstruir el amplio espacio del socialismo democrático o izquierda socialdemócrata para reemplazarlo por la reafirmación de proyectos particulares en base a algún cálculo de conveniencia, que en ningún caso será la conveniencia del proyecto político mayor de este sector. Si esta vez vuelven a imponerse esas lógicas, si reaparecen los intentos por dejar para mañana lo importante y priorizar solamente lo que da réditos hoy, no habrá tanta docilidad y resignación como en oportunidades anteriores. Algo hemos aprendido y una de esas cosas es: si no quieres obtener el mismo resultado, haz algo distinto. Si haces lo mismo, no pretendas obtener un resultado mejor. 

Todos contra la DC es una lectura muy pobre de lo que está en juego. Todos contra la política de pequeños cálculos, del poder por el poder, es una definición mucho mejor.

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